Vivíamos el verano

“- Vivíamos el verano”(1) es una frase que me dijo un paciente en este último mes del año, refiriéndose a la época de su niñez. Una niñez que refiere simple, en las veredas de su barrio, con algún amigo que ahora olvidó su nombre. Un tiempo ralentizado, calor estival y formas originales de refrescarse. Una pileta era un lujo impensable.

Al decirme esto, noté que rememoraba esas épocas con una alegría inusitada, en contrapunto con la monotonía de los días cansinos que hace semanas viene acusando. Con mucho trabajo consiguió muchas cosas materiales y pudo mejorar económicamente. Sin embargo, su vida se fue volviendo algo extraña para si mismo, y cada tanto duda de las decisiones que fue tomando en su vida. De pronto se siente ahogado por múltiples demandas externas: “El tiempo se me diluye”, me dice. Y para finalizar: “a veces me levanto a la noche y tengo frío” —haciendo referencia a un aire acondicionado que quedó encendido (y a un inconsciente que se empieza a despertar).

De vivir el verano, con su calor, su tiempo ensanchado, sus patios de sol y la búsqueda de algún juego que lo rescatara de un aburrimiento que lo volvía creativo, a tener frío con 33 grados de térmica. Con mails y mensajes sin responder, noticias sin leer, canciones que no alcanza a escuchar y libros que se apilan en la mesa de luz. ¿Dónde está el tiempo? “¿Quién se robó mi niñez?” (2)…

Ese niño que vivía el verano sin filtros, que sentía el calor en la piel y buscaba creativamente cómo refrescarse, estaba en contacto directo con su experiencia. La incomodidad del calor no era un problema a resolver con un artefacto, sino una condición a habitar, a negociar con ingenio. En esa negociación se desplegaban el juego, la creatividad y el tiempo compartido.

Ahora, el mismo hombre que fue ese niño (el pasado se sitúa frente a la mirada interior en una escenografía intemporal e ilusoria) vive rodeado de soluciones automáticas a problemas que ni siquiera alcanza a registrar. El aire enfría antes de que sienta calor. Las notificaciones responden antes de que se formule una pregunta. La vida se volvió una serie de respuestas a preguntas que nadie hizo, de soluciones a necesidades que nadie expresó.

“El tiempo se me diluye” es otra forma de decir que ya no lo habita. El tiempo de la infancia era ancho, se podía sentir su textura. Las tardes duraban eternidades porque cada momento contenía la posibilidad de algo nuevo. El aburrimiento no era una amenaza, sino una invitación: ¿qué inventamos ahora?

El tiempo diluido es un tiempo que escapa entre los dedos, que pasa sin dejar rastro. Es el tiempo de la aceleración, donde cada instante es apenas un tránsito hacia el próximo compromiso, el próximo mensaje, la próxima demanda. Un tiempo fragmentado en notificaciones, interrumpido por alertas, colonizado por urgencias ajenas.

Todavía está ese niño que, de a poco, asoma; que quiere disfrutar su vida, es decir, aburrirse o sorprenderse con la luz de un atardecer repentino. Ese niño se despierta a la noche asustado porque hace frío en verano, porque siente que hay algo falso en todo este gran espectáculo. Su despertar no es solo físico: es también un despertar psíquico, un registro de que algo no anda del todo bien, de que se ha perdido algo esencial en el camino.

¿No nos trae diciembre esa mezcla de nostalgia, junto con aceleración, temor y promesas?

La nostalgia que aparece no es necesariamente regresiva; puede funcionar como brújula: nos señala algo que tuvimos y que quizás perdimos, o tambien lo que nunca nos animamos a desear pero siempre quisimos, algo que todavía podemos recuperar si estamos dispuestos a hacer el trabajo.

Ese trabajo implica acercarse, de a poco, a los temores que, en el fondo, son una forma de desamparo que necesita de nuestra atención (3). Muy adelantado estaba Tolstói con su Iván Ilich (4): el desamparo del adulto que tiene todo lo que quiso tener y, sin embargo, siente que perdió algo importante, aunque no sepa qué.

Volver a vivir el verano no significa renunciar al progreso, ni idealizar el pasado, ni romantizar la escasez de recursos, sino encontrar formas de estar en el mundo que no nos desconecten de nosotros mismos.

Recuperar la capacidad de sentir y de responder a lo que sentimos. Registrar esos momentos que, como una brisa inquieta, nos despiertan en medio de la noche de verano.

Tal vez ahí, en esos instantes, sea posible volver al verdadero juego. No con la inocencia perdida de la infancia, sino con la conciencia ganada de quien sabe que el tiempo es finito y que vale la pena habitarlo con presencia.

__

Serenas navidades y salud en el nuevo año que comienza.

__

Referencias:

  1. El paciente, cuya identidad queda resguardada, brindo su consentimiento amablemente para que sus frases puedan ser publicadas en esta página.

  2. Alusión al tango “Tinta Roja” (1941), compositores: Piana y Castillo.

  3. Rilke, R. M. (2011). Cartas a un joven poeta (Trad. X. Zubiri). Alianza.

(Obra original publicada en 1929)

  1. Tolstói, L. (2013). La muerte de Iván Ilich (Trad. I. Anichkov). Alianza.

(Obra original publicada en 1886)

Anterior
Anterior

Indignados

Siguiente
Siguiente

¿Por qué escribir?