Indignados
Agradezco a Pato Connell; sin su reflexión y colaboración, este artículo no habría sido publicado.
Me encontraba en una de esas reuniones que suelen multiplicarse hacia fin de año cuando, con cierta efervescencia, un grupo de personas comenzó a cuestionar el accionar de un cantante famoso de cierta fama local, con respecto de su hija. Lo señalaban por exponerla en redes sociales siendo menor de edad, por involucrarla en situaciones que no solo la ponían en riesgo a ella, sino también a terceros.
Por supuesto que compartía la crítica hacia el accionar negligente de ese padre. Sin embargo, con el correr de los minutos, el tema fue in crescendo: alguien reprodujo el video en uno de los teléfonos —volviendo a exponer a la niña a miradas ajenas— y la indignación del grupo se intensificó. Lo que inicialmente parecía un señalamiento ético comenzó a transformarse en algo más difuso, más cargado, más excesivo. Ya no solo se dirigía al padre, sino también, de manera implícita, a la menor expuesta.
Fue ahí donde empecé a advertir que había algo más en juego que el hecho en sí. Algo que no estaba únicamente en el contenido del video, sino en el aumento cuantitativo de la irritación del grupo. Una afectación que parecía desbordar el acontecimiento original.
¿Qué esconde la indignación?
Si colocamos en un extremo de la vara moral un acto claramente condenable —un padre negligente exponiendo a su hija menor de edad—, nuestras propias acciones quedan justificadas, e incluso naturalizadas. Desde allí, la indignación se vuelve cómoda.
¿No nos resulta más sencillo ver en un otro aquello que no queremos ver en nosotros mismos?
¿No estamos, acaso, desplazando bajo la forma de indignación parte de nuestra propia vivencia subjetiva y de la responsabilidad que tenemos con nuestros hijos, o con los niños y adolescentes que nos rodean?
La indignación, en ese sentido, puede funcionar como un alivio momentáneo: nos ubica del lado “correcto”, nos exonera de interrogarnos.
El desafío de mirarnos en una época compleja
La realidad es que nadie escapa a la tecnocracia en la que estamos inmersos. Lo vemos con claridad en los vertiginosos cambios laborales, pero mucho más aún en el psiquismo infantil y adolescente, profundamente permeable a las influencias externas. Allí, la búsqueda de aprobación en el par cumple un rol central en la construcción de una identidad todavía incipiente.
Los dispositivos digitales operan sobre esa subjetividad: no son en absoluto inocuos. Están diseñados para generar adicción a través de recompensas inmediatas, de gratificación a corto plazo.
Pero también —y esto resulta más incómodo de admitir— muchas veces es más fácil darle un celular a un niño “para que se distraiga” mientras los adultos miramos nuestros propios dispositivos. En ese gesto se le niega al niño la posibilidad de aburrirse, de frustrarse, de inventar, de crear. Se lo somete a una obturación hedonista de sus percepciones y de sus afectos, afectos que justamente requieren ser alojados, elaborados, simbolizados. Y además se le entrega un doble mensaje, que es una forma de comunicación dañina.
El espejo roto
El espejo —ese en el que el otro nos devuelve una imagen de nosotros mismos— está cubierto, anulado, hiper-fragmentado. Y no por casualidad. La propia cultura empuja a esa ruptura: “no importa lo que piensen los demás”, “pensá en vos, que es lo más importante”. Frases que circulan con ligereza en las redes.
Sin embargo, el Otro cumple una función, siempre que esté ajustada a la realidad. Es constitutivo de la vida comunitaria y cultural. El problema surge cuando ese otro se transforma en lo ajeno, en lo desconocido, en aquello que no quiero ver de mí mismo. Allí deja de ser semejante y se vuelve enemigo: alguien a derrotar, un personaje del cual indignarse.
“There is not me”, canta Yorke. Una frase que emerge como intento de alivio frente a una experiencia de extrañamiento, de angustia, de pánico. Un consejo simple —“hacé como si no estuvieras”— le permite, por un momento, diluir el ego, correrse de la maquinaria, y reconectar con el deseo más genuino: el disfrute de hacer música con otros.
Hay momentos en los que retirarse de uno mismo es necesario. Deambular, sacar a pasear el alma, alejarnos un poco del ruido, de las luces, incluso de los otros. Pero luego volvemos. Porque la vida también nos convoca a desafíos que requieren presencia y compromiso.
Ser padres es uno de ellos. Implica alojar una singularidad para que pueda desplegarse. No podemos desaparecer sin consecuencias. El costo, para el niño, suele ser la adaptación excesiva: la emergencia de un falso self incipiente, eficaz, complaciente, pero desvitalizado. Un niño que ya no disfruta la vida, pero hace lo que se espera de él, sin cuestionar.
Instantánea ficción
Quizás el gesto no sea señalar ni desaparecer, sino quedarse.
Apagar un poco la pantalla, sostener el silencio, y tolerar que algo —todavía sin nombre— empiece a existir.
Antes de levantar la voz, tal vez convenga escuchar qué nos irrita.
A veces, lo que más molesta no es lo que el otro hace, sino lo que nos recuerda.
No siempre hay culpables claros.
A veces solo hay adultos cansados, niños atentos,
y una época que no sabe bien qué hacer con el deseo.
Quizás ahí empiece la pregunta.
No mirar todo. No mostrar todo.
Dejar un resto sin capturar,
para que alguien, algún día, pueda jugar con eso.