No ser elegido

Existe una expresión que condensa múltiples estratos de la historia del sujeto; una heterogeneidad de causas puede conducir a una homogeneidad manifiesta: no me siento elegido/a. ¿Qué significa? ¿Quién nos debería estar eligiendo? ¿Y de dónde viene ese sentimiento: responde a algo actual? Vamos a intentar develar el misterio de un afecto que trae angustia y soledad paradójica a quien lo transita.

La búsqueda de ser elegido

La persona intenta sostener un sentimiento de ser reconocida por otros. Esta búsqueda constante suele ocultar una necesidad de validación y por lo tanto hay también una comparación, con la consecuencia de sentir que lo propio nunca es suficiente o que no alcanza, minando la estima de sí.

Suele acompañarse de un estado de búsqueda de elección más o menos inconsciente, que toma formas diversas como la necesidad de seducir, el perfeccionismo, no poder fallar o no poder recibir amor.

El «tengo que»

La persona empieza a percibir esa falta como una falla en sí misma; busca incesantemente la rectificación de su imagen en los otros o en los espejos o en el reconocimiento, todos estos, por supuesto, efímeros, porque la falta, el vacío, es más antiguo en su cronología vital, pero presente en su experiencia.

Hay muchas maneras de pensar la importancia de la infancia en la formación del psiquismo, pero podemos imaginarnos que es nuestro sostén de confianza hacia la vida. Si falla ese sostén, estructuralmente vamos a compensar por otro lado para sentir que lo tuvimos.

Porque el niño no puede permitirse pensar la falta; en todo caso la asume como propia: tengo que ser mejor/peor para que me quieran. Aparece una oración que va a dominar sus días futuros, el tengo que, y empieza el desplazamiento, como si alcanzar algo o conquistar a alguien fuera a devolverle su yo auténtico, su amor a sí mismo, su autoestima. La realidad es que, ya de grande, el adulto cambia el objeto al cual se dirige, pero el reclamo es el mismo, y por eso nunca lo colma del todo.

«Nunca me eligen»

El problema del vacío estructural es que se edifica sobre él para no verlo-sentirlo, como si se intentara rellenarlo con hormigón. En ese acto la persona puede intentar seguir con su vida, pero con dos marcas importantes.

Al tapar parte de su yo le es difícil poder recibir, porque no hay lugar, porque recibir significaría romper el hormigón para alojar, y esto haría visible el vacío que siempre se intentó ocultar. Todo lo cual dificulta el estar disponible para ser amado y retorna en la elegía (1): nunca me eligen.

La segunda marca es que si no puedo ser sostenido, me convierto en sostén para todos; al menos así puedo justificar mi ser, o quizás hasta ser reconocido. Se produce entonces un desgaste en el intento de reparar, cuidar, proteger a un otro. Es decir, dar.

Estas personas pueden parecer generosas y muy autónomas. Sin embargo, la reciprocidad y la entrega íntima suelen resultarles difíciles, porque el conflicto no reside únicamente en dar, sino, sobre todo, en no poder recibir de manera auténtica. Esto está muy lejos del discurrir consciente y aparece clínicamente en forma de cansancio, autonomía extrema, queja por no ser reconocido o elegido, amores insatisfechos, sensación de falta, entre otros.

El tiempo recuperado

El dispositivo analítico no se reduce a lo que se dice en la sesión; es todo lo intangible: miradas, espacio, tiempo, escucha.

En terapia el tiempo se enrarece, vuelven memorias que creíamos olvidadas, comprendemos mejor el porqué de algunos de nuestros actos que nos causan sufrimiento y, algo que suele ser muy complejo, el lugar que ocupamos en el mundo, qué parte de nosotros sostiene el síntoma sin saberlo.

Esto suele traer angustia, pero a la vez la oportunidad de recuperar nuestra capacidad de acción; ya no es un destino irremediable que nos condena a repetir una posición. Ahora, de a poco, podemos distanciarnos de mecanismos aprendidos que producen un sufrimiento primitivo y carente de un sentido actual.

Quizá la salida no sea, entonces, conseguir al fin la elección, ni aprender a elegir. Quizá sea anterior: perder de verdad, por primera vez, lo que nunca se tuvo (2). Dejar de custodiar el vacío, romper el hormigón, hacer lugar. Descubrir que ser amado no se merece: se recibe.

Referencias

  1. Fauré, G., Élégie en do menor, op. 24, para violonchelo y piano (1880) — ese caminar del lamento, el intento de escaparle, la repetición que vuelve sofocada.

  2. Green, A., «La madre muerta», en Narcisismo de vida, narcisismo de muerte (J. L. Etcheverry, trad.). Amorrortu, 1986 (original de 1983) — de allí, la salida por el duelo: convertir la pérdida imposible en una pérdida real, para poder recibir.

Siguiente
Siguiente

Soltar