Los que fracasan al triunfar

La salud no consiste solo en atravesar las crisis, sino también en apropiarse de los éxitos. No es la ausencia de conflicto ni una vida sin dificultades. Lo esencial es que una persona sienta que vive su propia vida, pueda hacerse responsable de lo que hace o deja de hacer y sea capaz de atribuirse tanto el mérito de un éxito como la responsabilidad de un fracaso (1).

Hay personas que padecen precisamente cuando se cumple un deseo hondamente arraigado y perseguido durante mucho tiempo. Mientras el deseo vive como fantasía, el yo puede tolerarlo; cuando amenaza con volverse realidad, algo se defiende. La fuente de oro se transforma en barro.

El fracaso llega disfrazado de mala suerte, de infortunio o de una nueva insatisfacción. Freud situó esta prohibición entre la influencia de la conciencia moral. Pero esa culpa puede adoptar también la forma de una antigua lealtad infantil, en la que triunfar se parece demasiado a perder.

La queja encuentra otro objeto

Lo que parece una contradicción resulta frecuente en la práctica. Podemos verla en una persona que obtiene el trabajo que quería y, al poco tiempo, parece olvidar que esa fue su queja durante meses. La insatisfacción encuentra un nuevo objeto.

El problema no es que aparezca un nuevo deseo o una nueva insatisfacción, sino que el logro anterior desaparezca sin haber sido reconocido como tal. No es que el triunfo haya sido efímero. Lo efímero fue su registro. El cambio ocurrió, pero pasó sin dejar huella; lo que permanece estable es la queja, el padecer.

La pregunta clínica no consiste en exigir agradecimiento ni en imponer una alegría. Es otra: ¿qué peligro se activa si la queja se suspende por un instante y el sujeto admite que algo cambió, que pudo superar aquello que lo mantuvo cautivo durante tanto tiempo?

El temor a la alegría

Sentir alegría se parece menos a un estado permanente que a un movimiento espontáneo, una motivación, un ir hacia. Tiene algo de los días sin tiempo de la niñez y de una noche de verano en la que podemos mirar las estrellas y quedarnos azorados ante nuestra propia existencia.

Pero esa vitalidad también puede generar temor. Quien se siente vivo admite, al mismo tiempo, su finitud y su límite; se expone a la alegría, pero también a la angustia. Winnicott pensó el falso self como una forma de adaptación que protege un núcleo espontáneo a costa de esconderlo (3). La persona puede funcionar, cumplir y adaptarse a todo y, sin embargo, no sentir que vive del todo.

No necesariamente perdió su destello de vida. Quizás aprendió a mantenerlo a resguardo. Como el pájaro azul del poema de Bukowski (4).

Un refugio sin oxígeno

Esa seguridad puede sentirse como un refugio cada vez más estrecho, un lugar que empieza a quedarse sin oxígeno y que, sin embargo, produce un efecto paralizante. Se vive por default: a salvo, pero inmóvil.

Un proceso terapéutico puede volver visibles las cerraduras y acompañar el trabajo de abrirlas, aunque nadie pueda realizar ese movimiento en lugar del sujeto. Esas cerraduras pueden tomar la forma de mandatos, de perfeccionismo, exigencia o del modo particular que haya adoptado su sometimiento.

La culpa inconsciente es de las más difíciles de trabajar porque no se presenta diciendo su nombre. El sujeto no sabe qué reprime. A veces deja frases como «hace tiempo que no recuerdo mis sueños» o «mi relación con X siempre fue excelente», mientras el cuerpo y su conducta parecen contar otra historia.

Cuando la persona convive con angustia, inhibición o una contradicción corporal persistente, estas se convertien en puntos de escucha. La culpa permanece muda; lo que se oye son sus efectos.

El origen puede ser múltiple. Una de sus formas es la lealtad inconsciente hacia una figura significativa a la que el sujeto siente que no debe fallarle. Crecer, superar una condición familiar o vivir mejor que quienes lo precedieron puede sentirse como abandono, desobediencia o traición.

A veces, no fallar es fracasar. El triunfo se vuelve entonces la transgresión de un mandato interiorizado: para seguir perteneciendo hay que devolver lo conseguido.

Sentir el triunfo como un triunfo

Freud observó que el yo puede tolerar un deseo mientras permanece lejos de su cumplimiento, como fantasía, y defenderse de él cuando amenaza con volverse realidad (2). Por eso el trabajo analítico no consiste solamente en soportar las pérdidas. A veces consiste en permitir que un logro se inscriba como propio, sin desplazar enseguida la queja, contraer una nueva deuda o regresar al refugio conocido.

Sentir el triunfo como un triunfo. Alegrarse y apropiarse de lo que se desea, sin castigo ni necesidad de convertir el sufrimiento en su precio. Dejar que el éxito entre en la propia historia y conviva ahí con las frustraciones: eso es vivir la propia vida.

Referencias

  1. Winnicott, D. W., «El concepto de individuo sano», en El hogar, nuestro punto de partida (1967) — la salud como poder atribuirse tanto el mérito de un éxito como la responsabilidad de un fracaso; la apertura parafrasea ese pasaje.

  2. Freud, S., «Los que fracasan cuando triunfan», apartado II de «Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico» (1916).

  3. Winnicott, D. W., «La distorsión del yo en términos de self verdadero y falso», en Los procesos de maduración y el ambiente facilitador (1960).

  4. Hay un pájaro azul en mi corazón que
    quiere salir
    pero soy duro con él,
    le digo quédate ahí dentro, no voy
    a permitir que nadie
    te vea.
    hay un pájaro azul en mi corazón que
    quiere salir
    pero yo le echo whisky encima y me trago
    el humo de los cigarrillos,
    y las putas y los camareros
    y los dependientes de ultramarinos
    nunca se dan cuenta
    de que está ahí dentro.
    hay un pájaro azul en mi corazón que
    quiere salir
    pero soy duro con él,
    le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
    montarme un lío?
    ¿es que quieres
    mis obras?
    ¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
    en Europa?
    hay un pájaro azul en mi corazón
    que quiere salir
    pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
    a veces por la noche
    cuando todo el mundo duerme.
    le digo ya sé que estás ahí,
    no te pongas
    triste.
    luego lo vuelvo a introducir,
    y él canta un poquito
    ahí dentro, no le he dejado
    morir del todo
    y dormimos juntos
    así
    con nuestro
    pacto secreto
    y es tan tierno como
    para hacer llorar
    a un hombre, pero yo no
    lloro,
    ¿lloras tú?

C. Bukowski trad. propia

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