Soltar

Dedicado a la Dra. Josefina Molinari.

En el proceso de soltar cambiamos nosotros y la forma en que nos relacionamos con el mundo.

"¿Por qué decís que soltar es un proceso?", me preguntó una colega amiga, con esa curiosidad que da la sabiduría. Me sentí tentado a responderle en el momento, hasta que advertí que en la respuesta anidaba este ensayo.

Podría comenzar por la era de la inmediatez, o por Eutropia, la ciudad de Calvino (1) en la que, cuando el tedio los alcanza, sus habitantes cambian de casa, oficio, familia y vínculos. Parecen soltarlo todo para empezar de nuevo, aunque la ciudad, al final, siga siendo la misma. También podría hablar de la multiplicidad de elecciones y de su tiranía, de la sensación de perder algo con cada una, del temor a la pérdida. Ese es el marco donde el "soltar" se promueve como un gesto, un simple dejar caer, aunque hablemos de personas.
Cuando se responde a un malestar cultural con soluciones individuales y simplistas, cargando la culpa sobre el sujeto, aparece lo que Lauren Berlant llamó optimismo cruel (2). El "soltá y ya" es quizá su forma más encubierta: la promesa de que un gesto puede hacer el trabajo de un proceso. Quisiera detenerme en por qué nos cuesta seguir la temporalidad desapegada del consumo cuando nuestra historia afectiva está hecha, precisamente, de apegos.

Apegos feroces

Apenas llegados al mundo, tendemos al lazo afectivo con un otro significativo. De ese lazo depende nuestra supervivencia. El apego a los cuidadores principales puede convertirse en cimiento y modelo de relaciones futuras. Como lo describió Bowlby (3), regula la búsqueda de proximidad y protección, y deja modelos interiorizados con los que más tarde leemos nuestros vínculos. Modelos, no destinos.

Antes de que podamos hablar, el afecto ya organiza nuestra experiencia y es una de las primeras formas de expresión. En su origen es un aferrarse a otro para sobrevivir; en la adultez puede indicarnos que algo no anda bien en una relación o que necesitamos cambiar algo en nosotros para sentirnos seguros. Es una brújula interna, aunque no infalible: apagarla puede aliviar por un instante, pero obedecerla sin preguntarnos de dónde viene también puede devolvernos a viejos mapas.

Pero vuelvo al trabajo de soltar. Hay una distinción fina que hace Freud (4). Uno no suelta solo a la persona, sino también los miles de hilos que lo unían a ella: ilusiones, proyecciones, hábitos, escenas, incluso la idea de nosotros mismos que vivía en ese lazo. El trabajo no consiste en cortarlos de una vez, sino en desasirlos uno por uno, sin que toda la pérdida se vuelva contra nosotros, hasta dejar abierta la posibilidad de otras ligaduras. Su materia es el tiempo.

Desasir un mundo para crear otro

En nuestra época se habla de soltar donde antes se hablaba de duelo. Y el duelo, al menos desde Freud, supone un trabajo. Cuando ese trabajo se detiene, la pérdida se enquista: puede volverse contra el yo y teñirse de melancolía.

Insisto en esto por una razón. Soltar es un verbo, casi un movimiento; incluso puede volver como reproche —"¿y por qué no soltás y ya?"—. La persona queda entonces sometida a una temporalidad que no es la del duelo, pero responde con una emoción que el duelo conoce bien, siente culpa por no ser capaz de soltar.

Desasir ese mundo supone también despedir las fantasías, las ilusiones y los ideales que lo sostenían. No consiste en reemplazar a una persona por otra, sino en dejar que aquello que quedó sin destino encuentre nuevas formas de vincularse. Para Spinoza (5), un afecto no se suprime por decreto; solo otro afecto, contrario y más fuerte, puede desplazarlo. Un amor, digamos, no se derrota: pierde su lugar cuando otra forma de amar vuelve a organizar el mundo.

Dejar ser

Podemos escuchar el detalle y la sabiduría implícita en la canción de los Beatles "Let It Be" (6): no dicen soltalo, sino dejalo ser. La diferencia abre varias resonancias, ese "be" tiene su eco en la pregunta de Hamlet, "to be or not to be" (7), y también en la pregunta por el ser que Heidegger devolvió al centro de la filosofía a principios del siglo XX (8). La canción no nos ordena expulsar lo que duele, nos pide que dejemos de forzar su desaparición.

Dejar ser es lo contrario del "soltar y listo". No significa permanecer pasivos, sino asumir el límite de nuestro control y dar a la experiencia el tiempo necesario para transformarse. Un tiempo que nunca coincide con el mero instante del soltar.

Vuelvo, ahora sí, a la pregunta de mi colega. ¿Por qué decir que soltar es un proceso? Porque no se suelta a la persona: se sueltan, uno por uno, los hilos que nos unían a ella, y con ellos la versión de nosotros que existía en ese lazo. Porque nadie abandona de buen grado una posición amada, y la realidad tiene que ganar su conflicto recuerdo por recuerdo. Y porque la palabra misma nos engaña: no se trata de abrir la mano y dejar caer, sino de dejar ser, de dar tiempo a que lo vivido se transforme y encuentre otro lugar en nosotros mientras, sin darnos cuenta, ya estamos siendo otros. No le respondí en el momento. La respuesta, como el soltar, se tomó su tiempo.

Referencias

  1. Calvino, I. Las ciudades invisibles (1972).

  2. Berlant, L. El optimismo cruel (2011).

  3. Bowlby, J. El apego (1969).

  4. Freud, S. Duelo y melancolía (1917). El desasimiento de los hilos, "pieza por pieza".

  5. Spinoza, B. Ética demostrada según el orden geométrico (1677), parte IV, proposición 7.

  6. The Beatles, "Let It Be" (1970), escrita por Paul McCartney.

  7. Shakespeare, W. Hamlet (ca. 1600–1601), acto III, escena I.

  8. Heidegger, M. Ser y tiempo (1927).

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