La forma del infinito

Ver un mundo en un grano de arena
y un cielo en una flor silvestre,
sostener el infinito en la palma de la mano
y la eternidad en una hora.
— William Blake (1)

El universo habita en nuestra textura personal, experiencias y recuerdos en interacción con otros afectos significativos: un entramado único e irrepetible y, a la vez, fractal. Mundos dentro de mundos.

Lo que se repite a toda escala no es el contenido, sino la forma del retorno. La figura resultante no es el círculo, sino la espiral que nunca pasa dos veces por el mismo punto, pero siempre gira sobre el mismo eje. Es algo que sucede con frecuencia en el análisis: la repetición, el sentir que uno ya estuvo ahí. Pero la repetición aparece por algo. Frente al hecho doloroso que el sujeto no quiere recordar —que reprime—, en vez de recordar, repite(2); y en toda repetición hay una intención de elaboración, un deseo de atravesar ese dolor, de salir de esa escena.

Puede confundirse la iteración con un rol asumido por beneficio secundario —la víctima, el estafado, la no-elegida, o sus anversos—. Ese rol cristaliza en la identidad y dificulta la salida del bucle, porque ya el inconsciente no quiere salir: deja de ver la repetición, o la lee como un fatalismo inevitable.

El espacio terapéutico funciona como un dispositivo atemporal: todo confluye en un presente, pero el futuro y el pasado tienden al mismo fin. La repetición de hoy es única y, a la vez, histórica. Si podemos elaborarla desde el hoy, trabajamos sobre el pasado y nos apropiamos de un futuro elegido. Es, en alguna medida, un "empezar a ver", aunque tenga un costo que se traduce en altos montos de angustia. Por eso es prudente advertir, en las primeras sesiones, que la terapia es un proceso que sana, pero que es difícil.

Vuelvo a la circularidad: en el análisis, el retorno es oportunidad. Es el motor que habilita la agencia, el registro, el sentir lo no sentido —lo que tuvo que pasar y no pasó, las heridas que fueron calladas, los secretos que atravesaron generaciones y no se dejan pensar—. Por eso nunca una repetición es idéntica: siempre aporta algo nuevo. El proceso no evita la repetición; moviliza el cambio dentro de ella.

"Todo significa nada para mí"

En esta canción de Elliott Smith el título ya contiene su propia paradoja. "Everything means nothing to me" es, lógicamente, una contradicción: si everything (todo) significa nothing (nada), entonces la nada es el significante máximo, el que abarca todo. Es una ecuación que se devora a sí misma. Smith no resuelve esa paradoja: la habita, la canta, la repite hasta que se vuelve casi un mantra o —y esto me parece más preciso— una compulsión a la repetición (17 veces en dos minutos y veintidós segundos). La canción es el quinto tema de Figure 8 (2000), el último álbum que publicó en vida.

Aquí la canción: https://www.youtube.com/watch?v=kEsNMhxBTxI&list=RDkEsNMhxBTxI&start_radio=1

El título del disco refiere a la imagen del patinador que traza un ocho infinito, sin punto de llegada. Smith lo explicó así: *"Hay algo que me gusta en la imagen de un patinador trazando ese círculo interminable que no tiene un punto final real. El objetivo no es detenerse ni llegar a ningún lado: es hacer esta cosa lo más hermosa posible." (3)

Eso ilumina retroactivamente la estructura de la canción: una melodía que sube por la escala y baja para zigzaguear alrededor de sí misma. No hay resolución; hay movimiento que vuelve al mismo lugar. El estribillo no concluye: se repite hasta que la canción se termina, pero el "everything means nothing to me" no ha llegado a ningún lado. Ha trazado su infinito.

Esa disolución del yo —el sentido que se vacía, la conciencia que flota sin asidero— bordea un derrumbe, y con él el miedo a perder el control absoluto (Smith murió tres años más tarde, sin transformar su figura en espiral). En terapia solemos ver ese miedo como una parálisis: llegar a un punto del mapa donde ya no se puede continuar. El sujeto empieza a dar vueltas sobre sí mismo, regresa a instancias primitivas, llora como si estuviera en el primer día de jardín. Y hay algo de eso: está viviendo lo que debería haber sucedido —la contención, el acompañamiento afectivo, una madre suficientemente buena (4)— y lo revive en transferencia. Sin sus defensas habituales para ser funcional al mundo, el pasado y el futuro habitan un mismo instante del presente, de nuevo. Si ahora puedo vivir lo no vivido, sentir lo que debería haber sentido: ¿qué sentido tiene sostener todos esos mecanismos que elaboré para enfrentarme al mundo?

Dilemas

He aquí el gran dilema: ¿cómo soltar algo que me ayudó a sobrevivir?, ¿cómo confiar en este espacio para sanar? La respuesta radica en la esperanza —del paciente, del analista, o de uno mismo— de que el cambio ya está instaurado en la pregunta misma. Tener registro de esa situación, vivirla con toda su angustia, es tal vez la parte más difícil.

El analista acompaña a los sótanos, como decía Bachelard, con la vela encendida (5); y descubre, junto al paciente, que los miedos compartidos son sombras: producen sus efectos cuando habitan la oscuridad del inconsciente, y pierden su poder causal cuando son nombrados.

Laberintos

Ese trabajo de co-descubrimiento mutuo es el rasgo vincular y terapéutico del análisis. No es solo el trabajo con el paciente: el propio analista está ahí con su ser, y en los ecos de los pasillos olvidados del sujeto resuenan los suyos, que pueden servir para recordar el camino extraviado del laberinto. Claro que, si el analista no trabajó sobre sí mismo antes de este viaje, puede no solo confundir, sino clausurar esas valiosas aberturas que se abren con generosidad en el paciente, como ventanas del psiquismo. Lo notamos en cierta tendencia a las frases hechas, a las interpretaciones de manual.

¿Por qué no funcionan las frases de Instagram? Porque son, justamente, frases que cierran: no invitan a recorrer nuestra historia singular, nos brindan un falso alivio. Procuramos no repetir esa modalidad en el espacio terapéutico, que es único y siempre distinto, como un lienzo blanco que se pinta entre dos y cuyo destino se cifra en cada pincelada.

Referencias

  1. Blake, W. Augurios de inocencia (escrito ca. 1803). Trad. propia.

  2. Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. (La repetición que sustituye al recuerdo.)

  3. Smith, E. (2000). Everything Means Nothing to Me. En Figure 8. DreamWorks. (La cita del patinador proviene de una entrevista; traducción propia.)

  4. Winnicott, D. W. — "madre suficientemente buena" (Realidad y juego, 1971) y la capacidad de estar a solas (1958).

  5. Bachelard, G. (1957). La poética del espacio.

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